El cuerpo recuerda: sanar el trauma complejo

Retrato profesional de una psicóloga joven y sonriente, con cabello rubio y mechas, vestida con una bata clínica negra tipo uniforme. Está de pie con los brazos cruzados contra un fondo blanco liso, transmitiendo confianza y amabilidad en un entorno de centro psicológico.

Ps. Catalina Callejas

Psicóloga Clínica

24-01-2026

Jarrón Kintsugi reparado con oro y tarjeta de Centro Vitalis.
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El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar: sanando el Trauma Complejo

Imagina que tu sistema de alarma interno —ese diseñado evolutivamente para protegerte de tigres y depredadores— se quedó trabado en el botón de “ENCENDIDO” hace veinte años. No hay tigres en tu oficina, ni en tu casa, ni en el supermercado. Sin embargo, tu corazón late como si los hubiera. Un tono de voz ligeramente elevado de tu jefe te paraliza. Una mirada de tu pareja te detona una rabia volcánica que no puedes controlar. Vives agotado, hipersensible y desconectado, sintiendo que, por más que intentas relajarte, tu cuerpo siempre está esperando el próximo golpe.

Esto no es “ser nervioso”, no es “tener mal carácter” y definitivamente no es “estar loco”. Esto es la huella biológica viva del Trauma Complejo (C-PTSD).

A diferencia del Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) clásico, que suele surgir tras un evento único y aterrador (como un accidente de auto, un desastre natural o un asalto), el Trauma Complejo es el resultado acumulativo de la exposición repetida y prolongada a situaciones adversas, generalmente en contextos donde la víctima no podía escapar, como el maltrato infantil, el abuso doméstico, el bullying escolar severo o la negligencia emocional crónica por parte de cuidadores primarios.

Durante décadas, la psiquiatría y la psicología se centraron casi exclusivamente en la mente, creyendo que bastaba con hablar del pasado para sanarlo (“talking cure”). Hoy, gracias a pioneros como el Dr. Bessel van der Kolk y la revolución de la neurociencia afectiva, sabemos una verdad ineludible y transformadora: el trauma no vive solo en tu memoria biográfica; vive secuestrado en tu sistema nervioso autónomo.

En este artículo extenso y exhaustivo, exploraremos cómo el trauma temprano recablea el cerebro adulto, por qué la terapia conversacional tradicional a veces no basta (y por qué no es tu culpa si no te ha funcionado), y qué enfoques revolucionarios basados en el cuerpo y el cerebro están devolviendo la paz a miles de sobrevivientes.

Parte 1: La neurobiología del trauma (Un cerebro en guerra consigo mismo)

Para entender realmente el trauma complejo, debemos mirar bajo el capó de nuestra biología. El cerebro de un niño se desarrolla en respuesta directa a su entorno (“use-dependent development”). Si ese entorno es seguro y predecible, el cerebro invierte energía metabólica en la curiosidad, el juego y el aprendizaje superior. Si el entorno es peligroso, caótico o impredecible, el cerebro prioriza la supervivencia inmediata.

El secuestro de la amígdala y el hipocampo encogido

Estudios avanzados de neuroimagen funcional han revelado diferencias estructurales alarmantes en los cerebros de sobrevivientes de trauma. En adultos con historial de trauma infantil severo, se observa consistentemente una amígdala(el centro de detección de amenazas) hiperactiva y agrandada. Es como tener un detector de humo tan sensible que se dispara no solo con fuego, sino con hacer una tostada o encender una vela.

Simultáneamente, el hipocampo —la estructura encargada de archivar los recuerdos en su contexto de tiempo y espacio— suele tener un volumen reducido debido a la toxicidad del cortisol crónico. Esto explica por qué los sobrevivientes a menudo sienten que el trauma está ocurriendo “ahora”. Al no poder archivar el evento como “pasado” y “terminado”, el cuerpo reacciona ante cualquier detonante actual (un olor, un sonido, una fecha) con la misma intensidad química de terror que cuando ocurrió el abuso original hace décadas.

La desconexión de la Corteza Prefrontal Medial

Quizás el hallazgo más devastador es la desconexión funcional de la corteza prefrontal medial, el área del cerebro que nos permite observarnos a nosotros mismos con objetividad y calmarnos (“ok, estoy asustado, pero estoy a salvo, esto es solo una reunión de trabajo”). En un cerebro traumatizado, cuando se activa el sistema de miedo, esta zona literalmente se apaga (se queda sin flujo sanguíneo). La capacidad de razonar, planificar y empatizar se desconecta. Por eso, decirle a alguien en medio de un flashback emocional que “se calme” o “sea racional” es biológicamente inútil; su cerebro racional no está “en línea” para escuchar.

Parte 2: La Teoría Polivagal: ¿Por qué me paralizo o ataco?

Para sanar, es crucial entender nuestro sistema nervioso autónomo a través del lente de la Teoría Polivagal, desarrollada por el Dr. Stephen Porges. Esta teoría explica que no solo tenemos dos estados (calma vs. estrés), sino tres circuitos jerárquicos de respuesta:

Sistema Vagal Ventral (Conexión Social): Es nuestro estado más evolucionado. Nos sentimos seguros, conectados, podemos hacer contacto visual y escuchar. Es el estado de “descanso y digestión”. En el trauma complejo, el acceso a este estado es difícil y frágil.

Sistema Simpático (Movilización): Si detectamos peligro, bajamos a este nivel. Es la respuesta de lucha o huida. El corazón se acelera, los músculos se tensan. Aquí vive la ansiedad crónica, la irritabilidad y la hipervigilancia.

Sistema Vagal Dorsal (Inmovilización): Si el peligro es tan grande que no podemos luchar ni huir (como le ocurre a un niño frente a un adulto abusivo), nuestro sistema nervioso activa el freno de emergencia más primitivo: el colapso o la disociación. Nos “apagamos” para no sentir el dolor. Aquí vive la depresión, la fatiga crónica y la sensación de irrealidad.

El problema del trauma complejo es que el sistema nervioso pierde flexibilidad. La persona queda atrapada oscilando entre la hiperactivación simpática (ansiedad/rabia) y el colapso dorsal (depresión/numbness), sin poder aterrizar en la seguridad ventral.

Parte 3: El cuerpo lleva la cuenta de la salud física (El Estudio ACE)

El impacto del trauma no se detiene en el cuello. Uno de los estudios epidemiológicos más importantes de la historia de la medicina, el Estudio de Experiencias Adversas en la Infancia (ACE Study), realizado con más de 17.000 participantes, reveló una correlación directa y escalofriante entre el trauma emocional temprano y la enfermedad física en la adultez.

La conexión autoinmune

Los investigadores encontraron que las personas con puntuaciones ACE altas (múltiples tipos de trauma infantil) tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar enfermedades autoinmunes (artritis reumatoide, lupus, fibromialgia), enfermedades cardíacas, obesidad y cáncer.

¿La razón? El estrés tóxico crónico mantiene al sistema inmunológico en un estado de inflamación perpetua. El cuerpo, al estar siempre defendiéndose de una amenaza invisible, termina atacándose a sí mismo. Un estudio reciente confirmó que mecanismos como la disociación y la alexitimia (dificultad para sentir emociones) median esta relación: cuando no procesamos el dolor emocional, este se somatiza.

Parte 4: Síntomas distintivos del Trauma Complejo (Más allá del TEPT)

El DSM-5 tardó en reconocer la distinción, pero la CIE-11 de la OMS ya incluye oficialmente el diagnóstico de TEPT Complejo. Este cuadro incluye los síntomas clásicos del TEPT (pesadillas, evitación) más tres grupos de síntomas adicionales conocidos como “alteraciones en la autoorganización”:

1. Disregulación Emocional Severa

No es solo “ser sensible”. Es una incapacidad fisiológica para volver a la calma (homeostasis) una vez alterado. La persona puede tardar horas o días en recuperarse de un conflicto menor.

2. Autoconcepto Negativo Persistente (La Herida de la Vergüenza)

La creencia nuclear del sobreviviente no es “me pasó algo malo”, sino “yo soy malo”. Carga con una vergüenza tóxicay una culpa crónica, sintiendo que está fundamentalmente defectuoso, sucio o que no merece amor. Esta vergüenza actúa como un aislante social.

3. Dificultades Relacionales (El Dilema del Erizo)

Debido a que el trauma ocurrió a manos de cuidadores (las personas que debían amar y proteger), el sistema de apego está dañado. Esto genera una paradoja dolorosa: anhelan la cercanía desesperadamente, pero la cercanía se siente intrínsecamente peligrosa. Esto lleva a patrones de relaciones caóticas, dependencia emocional, elección de parejas abusivas (re-victimización) o aislamiento total para evitar el riesgo.

Parte 5: Terapias que transforman el cerebro (Neuroplasticidad en acción)

La esperanza reside en la neuroplasticidad: la capacidad del cerebro de cambiar estructural y funcionalmente hasta el último día de vida. No estás “roto” de forma permanente; estás “adaptado” a un entorno que ya no existe. Existen terapias diseñadas específicamente para recablear estas redes.

1. EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares)

El EMDR es la terapia de trauma con mayor respaldo científico. Utiliza la estimulación bilateral (movimientos oculares, toques o sonidos alternados) para activar el mecanismo natural de procesamiento de información del cerebro. Permite “descongelar” los recuerdos traumáticos, procesarlos y archivarlos como pasado, quitándoles su carga emocional disruptiva.

2. Somatic Experiencing (Experiencia Somática)

Esta terapia trabaja “de abajo hacia arriba” (del cuerpo al cerebro). Ayuda al paciente a completar las respuestas fisiológicas de defensa (lucha/huida) que quedaron interrumpidas durante el trauma. Al liberar esta energía atrapada de manera gradual (titulación), el sistema nervioso recupera su capacidad de autorregulación.

3. Técnicas de Grounding (Anclaje) para la Disociación

Aprender a volver al “aquí y ahora” es vital. Técnicas efectivas incluyen:

5-4-3-2-1: Nombrar 5 cosas que ves, 4 que tocas, 3 que oyes, 2 que hueles y 1 que saboreas.

Estimulación sensorial fuerte: Sostener un hielo, oler aceite esencial de menta o caminar descalzo sobre el pasto. Estas sensaciones obligan a la corteza prefrontal a volver a conectarse.

Parte 6: Trauma Intergeneracional: Rompiendo la cadena

Un aspecto fascinante y doloroso es la transmisión del trauma. Estudios en epigenética han mostrado que los efectos del estrés traumático pueden transmitirse a la descendencia a través de cambios en la expresión genética, sin cambiar el ADN.

Sanar tu trauma complejo no es solo un acto de amor propio; es un acto de protección para tus hijos y las generaciones futuras. Al sanar tú, detienes la cadena de transmisión del dolor.

Conclusión: Tu herida no es tu destino

Si te reconoces en estas palabras, quiero que sepas algo fundamental: tu cuerpo no te ha traicionado. Tu cuerpo te ha estado protegiendo de la única manera heroica que aprendió en un entorno imposible. Esos síntomas que odias —la ansiedad, la disociación, la hipervigilancia— son testimonios de tu resiliencia, medallas de una guerra que sobreviviste.

Pero la guerra ya terminó. Ya no necesitas cargar con esa armadura pesada que te impide abrazar a quienes amas o disfrutar de la brisa en la cara. Es seguro bajar la guardia.

En Centro Psicológico Vitalis, nos especializamos en la delicada arqueología de sanar el trauma complejo. No te juzgamos por tus síntomas; honramos su origen y te ayudamos a transformarlos.

Terapeutas Especializados: Profesionales formados en trauma, apego y neurobiología.

Enfoque Integrativo: Combinamos la comprensión cognitiva con herramientas somáticas para un alivio real.

Espacio Seguro: Te ofrecemos un entorno de seguridad radical, ya sea online o en nuestra consulta en Providencia, donde puedes ser vulnerable sin peligro.

Accesibilidad: Reembolso con Isapres para sostener tu proceso.

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